Otoño

Otoño

Ha llegado el otoño y con él los cambios propios de la época. Cambia la luz, los colores, cambia la temperatura y el clima, las aves comienzan la migración y es tiempo de comenzar a pensar en el recogimiento que traerá después el invierno.

Parece que la naturaleza inicia los cambios de forma natural, sencilla sin resistencias. De forma armonizada y mágica. Como si la naturaleza se dejase llevar por los cambios, porque sabe que cada año llega el otoño, y que cada otoño, que será distinto a todos los anteriores, seguro traerá después un invierno y una primavera.

Con la llegada del otoño acaba una etapa, un capítulo, unas realidades, para dar comienzo a otra nueva realidad, otro nuevo ahora. Como una pequeña parte de un continuo que nunca acaba, aunque empieza y acaba cada año.


Photo by Aaron Burden on Unsplash

Las hojas caen, se sueltan, el árbol las deja ir. Es algo que ocurre cada otoño, cada año, de forma mágica, como si alguien o algo accionase una tecla, parece fácil y a veces hasta imperceptible, si no fuera por la acumulación de hojas que nos encontramos en las calles y el bosque.

Las hojas se sueltan, porque saben que sólo si caen las viejas, podrán nacer nuevas hojas, con nuevos colores y fuerza renovada, para incorporarse al paisaje desde una nueva perspectiva, con un nuevo aprendizaje, desde la experiencia que le ha aportado la hoja que hasta el momento ocupaba ese lugar.

Algo similar me pasa cuando me aferro a situaciones y emociones, sin querer dejarlas ir cuando llega el momento.

Cuando llega el lunes y comienzo a aferrarme al fin de semana, sin recibir la llegada del lunes como una oportunidad, un nuevo día en mi vida, con lo que pueda traer. Esos retornos a la rutina de septiembre, que en ocasiones y para algunas personas son tan dolorosos.

Cuántas veces nos cuesta improvisar, adaptándonos a lo que el día y el momento nos trae como experiencia para saborear.

A veces la experiencia no es agradable, es una experiencia amarga, pero una experiencia más al fin y al cabo, que nos aportará un aprendizaje más si la aceptamos y la dejamos fluir. Una experiencia que pasará, como el otoño, y tras la cual llegará una primavera más. Nunca la misma primavera, nunca seremos los mismos después de cada experiencia, cada experiencia que viene y nos toca, cuando la dejamos ir, nos convierte en alguien distinto, renovado, que crece y se expande, y se prepara para la siguiente experiencia. Como el otoño al que sigue la primavera y que nos abre la puerta hacia el verano que vendrá, seguro y después, otra vez un nuevo otoño.

Y lo cierto es que este es un proceso imparable, una melodía  que sigue un compás y que no se detiene. Somos nosotros los que tratamos de detenerla, y es entonces, cuanto más nos empeñamos en detenerla cuando comenzamos a sentirnos en desequilibrio. Cuanta más fuerza ejercemos en aquello que no queremos que ocurra, más fuerza cobra en nuestra vida, más atención le prestamos y más energía consume. Mientras que si tenemos fe, si confiamos en nosotros mismos en lo que vendrá, en que todo nos traerá un aprendizaje si lo dejamos ocurrir a su ritmo, más levemente se transforma y avanza hasta el siguiente compás.

 

Estos días me preguntaba una persona si es malo enfadarse o enfadarse a menudo. La verdad es que muchas personas me hacen la pregunta sobre si es bueno sentir una cosa u otra. Si hay sentimientos y emociones buenas y malas. Si hay cosas que se deben o no se deben sentir o se deben cambiar pero no pueden, etc…

Lo cierto es que las emociones están en nosotros, y tienen una función. Igual que respiramos y que nuestro corazón late. Todo ello está ahí para nuestra supervivencia, para nuestra experiencia de vida. Sin las emociones no habría aprendizaje. Las emociones nos ayudan a fijar en la memoria lo vivido (y a veces lo no vivido).

Al sentir miedo ante un peligro, activamos un sistema de ataque o huida sin el cual la situación el peligro podría acabar con nosotros. O sentimos tristeza para asimilar un cambio, una situación nueva, para aprender de la experiencia, y poderla aplicar en el resto de nuestra vida. O la rabia, sin la cual no tendríamos el arranque suficiente para movilizarnos.

Incluso combinamos emociones para responder a situaciones más complejas del día a día.

Por lo tanto, parece claro que todas las emociones están ahí para ayudarnos a conseguir resultados, para avanzar, y por lo tanto, son buenas y necesarias, la cuestión quizás sea más:

  • si identificamos la emoción que sentimos y la información que nos está aportando en cada momento.
  • si la emoción que sentimos es la adecuada para lo que estamos viviendo.
  • y si somos capaces de abandonar esa emoción una vez hemos superado la situación que activó esa emoción.

Pero de emociones seguiremos hablando, ahora disfrutemos del otoño y de lo que nos trae, de las oportunidades y el cambio, sintamos la melodía y disfrutemos de los colores.

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