Creer para ver

Creer para ver

Yo que he sido estudiante de ciencias, y que hasta no hace mucho tiempo he vivido y practicado el “ver para creer” he ido experimentando en los últimos años una transformación personal que me ha llevado a una nueva perspectiva.

Para mí, aquello que no tenía una explicación lógica, una cierta demostración científica (aunque no entendiese realmente en qué consistía la propia explicación), no tenía credibilidad, y pasaba directamente a formar parte de un espacio secundario de lo “no predecible” o sujeto al azar.

Las cosas “son” de una forma y como consecuencia producen un resultado que siempre será igual a como las cosas “son” por lo tanto los resultados no se pueden cambiar, porque vienen predeterminados por un origen, una creación determinada, de una forma concreta que marcará el devenir de personas y situaciones.

La cuestión es que con el tiempo, la formación y la experiencia, he ido poniendo en duda esta perspectiva hasta el punto de contradecirla claramente.

Supongo que es conocida la “profecía autocumplida” o “efecto Pigmalión” que en psicología y pedagogía describe cómo la CREENCIA que tiene una persona sobre algo, puede influir en el resultado o comportamiento de ella misma o de una tercera persona.

Este efecto Pigmalión tiene su origen en la antigua Grecia, en la que un escultor llamado Pigmalión, se enamora de una de sus creaciones llamada Galatea. La pasión del escultor por su obra llega a tal punto que la trata como si fuera una mujer real, como si fuera una persona con vida propia. El mito continúa cuando la escultura cobra vida después de un sueño de Pigmalión. Se trata de la escultura que representa a la mujer de sus sueños.

Photo by Seth Macey on Unsplash

Este tipo de circunstancias puede propiciar que una persona consiga el objetivo que perseguía porque así creía que iba a ocurrir y había actuado en consecuencia con seguridad, con ilusión, con esfuerzo y convencimiento. De igual forma, alguien puede no conseguir el objetivo precisamente, por el motivo opuesto: porque al creer que no lo iba a alcanzar, se sienta insegura, sin ilusión por el fracaso previsto, sin fuerza y sin convencimiento.

En ambos casos, somos nosotras mismas las que estamos propiciando el resultado, desde la CREENCIA con la que partimos. Fruto de esa creencia, adoptamos una actitud, que marcará cada paso que demos, o los que no demos.

Otra opción es que la persona se vea influenciada por una tercera o varias personas: podemos creer en nuestra capacidad de alcanzar esa meta que habíamos indicado inicialmente, pero la influencia de terceras personas puede ocasionar que pongamos en duda lo que creemos, incluso que modificamos lo que creíamos por lo opuesto, y nos convencemos de que no podemos alcanzar esa meta.

Muchos jóvenes y niños, cuya primera y más poderosa influencia se encuentra en casa, con sus padre/madre y familiares cercanos, se ven influenciados fuertemente. Estas personas del entorno, podrán ayudar a generar una creencia que POTENCIE o que FRENE su desarrollo y sus creencias sobre lo que pueden llegar a alcanzar.

También en el ámbito de lo educativo sucede algo similar. Estudiantes cuyos profesores son una influencia decisiva a la hora de definir lo que CREEN que son capaces de hacer y no hacer. Existen publicaciones sobre experimentos en los que el alumnado, a quien se trata desde una actitud potenciadora, consigue hacer crecer sus resultados, frente a otros, con similares características, que ante estímulos que frenan su potencialidad, no consigue alcanzar las mismas metas.

Por último, y llevando el caso al terreno de lo profesional, en organizaciones y empresas, se produce también esta influencia.

Por ello, de la misma manera, puede ocurrir que no creyendo en que podamos alcanzar una meta concreta, una influencia externa, MOTIVADORA, nos ayude a cambiar de perspectiva y nos anime a sentirnos capaces de llegar, desplegando los recursos que necesitamos para ello como seguridad, ilusión, fuerza y convencimiento, entre otros.

Con todo lo anterior, me siento en la necesidad de cambiar la perspectiva, de cambiar las gafas con las que miro la realidad, y con la que me relaciono con mi entorno, para ser consciente de que si CREO que algo es posible, tendré opciones de VERLO, tanto en mí misma como en las personas que me rodean. Porque al CREER, comienzo a desplegar una larga lista de recursos, emociones, pensamientos y actitudes, que van a propiciar que me acerque más a lo que estaba buscando.

Y si aun así no lo consigo, la experiencia que viva, nada tendrá que ver con aquella en la que el viaje partía ya desde un pensamiento de dificultad, una emoción de duda y miedo.

Por eso yo animo a las personas a que se encaminen hacia el objetivo que se planteen desde CREER para VER, y disfruten del recorrido.

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